La esclavitud psicológica – Dra. Ana Nogales

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Según literatura correspondiente, la esclavitud, como institución jurídica, es una situación por la cual una persona (el esclavo) es propiedad de otra (el amo); es una forma particular de relaciones de producción, característica de un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en la evolución de la historia económica. Esclavismo es la ideología que sustenta la esclavitud. (Wikipedia)

 

La esclavitud se remonta a la Edad Antigua, y proviene de la práctica de aprovechar como mano de obra a los cautivos en las guerras, en lugar de sacrificarlos. Los tratados internacionales contemporáneos (Convención sobre la Esclavitud, 1926) consideran la esclavitud un crimen contra la humanidad. Sin embargo, cuando los esclavos fueron declarados libres, muchos se quedaron con sus amos. ¿Por qué?

 

Todavía existe la esclavitud y la explotación humana. Junto con ella, nos ha quedado como legajo la esclavitud psicológica que la vemos en muchos hogares en relaciones sumamente abusivas. La intriga consiste en cómo es posible que viviendo en libertad, mucha gente queda aferrada a la persona controladora o abusiva.

La explicación la dan muchos estudios realizados en el campo de la psicología y sociología, sobre un hecho ocurrido en 1973, cuando dos asaltantes entraron en un banco de Estocolmo, Suecia con armas de fuego y dinamita, y tomaron a cuatro rehenes, tres mujeres y un hombre a quienes mantuvieron secuestrados por 131 horas. Luego del rescate, los rehenes manifestaron una conducta muy peculiar. Estas personas que habían sido amenazadas de muerte, abusadas e intimidadas, se sentían agradecidas a sus captores y trataron de protegerlos cuando se hicieron las investigaciones de peritaje. Una de las mujeres se relacionó emocionalmente con uno de los asaltantes y otro inició una campaña para juntar fondos para la defensa legal de los criminales.

Así como extraño que parezca, situaciones semejantes ocurren en la vida diaria con niños abusados, mujeres violentadas en sus relaciones de pareja, prisioneros de guerra, víctimas de incesto, y en general, en familias donde hay abuso físico y/o emocional.

 

La explicación radica en el instinto de supervivencia, descripto aquí como el Síndrome de Estocolmo. La reacción emocional de algunas víctimas resulta en agradecimiento por haber sobrevivido cuando sus vidas dependían de los asaltantes, como así también habrá ocurrido cuando se les otorgó la libertad a los esclavos, y como también sucede en muchos hogares. Las víctimas, sintiéndose desesperanzadas, desarrollan sentimientos positivos hacia el abusador o controlador, racionalizan para aceptar esa conducta, reaccionan negativamente hacia la familia o amigos que tratan de rescatarlos, y tienen dificultad para desenredarse de esa trampa emocional.

 

Para que la esclavitud psicológica pueda ocurrir, estudios de investigación han encontrado cuatro situaciones típicas:

◦ Percepción de amenaza de muerte, física o psicológica, y la convicción de que realmente una desgracia pueda ocurrir.

◦ Apreciación de pequeños actos de bondad del abusador hacia la víctima.

◦ Aislamiento de otras personas.

◦ Convicción de no poder escapar de la situación.

 

Así como en el caso de los rehenes del banco, las relaciones interpersonales donde hay abuso de poder también establecen un patrón semejante del cual es difícil escapar, resultando en esclavitud psicológica.

Las amenazas pueden ser directas o indirectas. Puede ocurrir que la amenaza sea a otros miembros de la familia. La persona se siente atrapada porque ha sido convencida que la única manera de salvar su vida o la de sus personas queridas es si coopera con el captor o controlador. Las amenazas también puede ser verbales, contando historias de cómo otras personas en el pasado han pagado las consecuencias de no haber hecho caso, o de tener influencias que faciliten las consecuencias, o también de amenazar con gente preparada para cometer actos criminales. Sin llegar a mayores, una amenaza también puede manifestarse hasta mirando televisión, cuando una imagen violenta puede ser el ejemplo de lo que esta persona puede llegar a hacer.

Cuando una persona se siente amenazada, su reacción es encontrar esperanza en cualquier indicio que le permitirá fortalecer su deseo de sobrevivir. Cuando el abusador o controlador le ofrece pequeños actos de gentileza como por ejemplo un vaso de agua, la víctima lo interpreta en forma muy diferente. La víctima piensa que detrás de tanta agresión y abuso, se encubre una persona con sentimientos positivos y buenas intenciones. Por lo tanto, se siente en “conexión espiritual” y agradecimiento por estar todavía viva.

La víctima puede interpretar la conducta delictiva como un síntoma de algo que le ha ocurrido a esta persona en el pasado y así justificar su actitud. Más aún, puede genuinamente intentar ayudarle emocionalmente, sintiendo el dolor ajeno en lugar del dolor propio. Esto ocurre más aún cuando ya conoce su historia personal que con seguridad consistirá en tragedias y tiempos tormentosos, afirmando entonces que “en el fondo, es una buena persona, sólo hay que darle una oportunidad”.

 

Cuando una persona vive en un mundo de abuso y control, rápido aprende a tener cuidado con lo que dice o hace por temor a provocar malestar que pueda desencadenar un acto de violencia. Así es como trata de complacer al abusador-controlador, preocupándose por todo lo que le pueda molestar y tratando de satisfacer sus deseos y necesidades para mantener la paz a cualquier costo. La consigna es evitar problemas y cada día es diseñado con esta preocupación. Desafortunadamente, esta actitud ayuda a perpetuar el abuso, ya que la persona aprende a exigir más y más mientras su práctica de control y poder se magnifica, para lo cual debe mantener a su víctima aislada. Una forma de lograrlo es a través de la critica y acusaciones de todos los que la rodean o le tienen afecto. La víctima accede a aislarse para no afectar a su familia, y para evitar vergüenza. Pero si la familia insiste, la víctima puede llegar a concluir que está interfiriendo en su vida privada, aún cuando la familia sean los propios hijos en su deseo de ayudar. Es por ello que cuanto más presión los seres queridos pongan para ayudar, la víctima podrá alejarse más y resentir la intromisión. Mientras el abuso continúa, la víctima se sentirá responsable de no haber podido mejorar la situación, y es posible que se sienta con culpa de la agresión recibida.

Sumergido en el abuso y justificándolo aún contra la lógica más extrema, termina aceptando la situación y considerándola parte de su vida en la que ya ha invertido tiempo y afecto: “lleva su propia cruz”. Desprenderse de este tipo de relación puede ser muy difícil, y para muchos algo imposible, porque cada vez puede complicarse más (a veces las complicaciones son fabricadas por el manipulador), no sólo emocionalmente, sino también por obligaciones financieras, legales, el futuro de los niños, amenazas de muerte o suicidio; todas ellas demasiado difíciles de sobrellevar porque a esta altura la víctima ya ha entrado en depresión y no es capáz de tomar decisiones mayores.

 

Entendiendo la complejidad de la esclavitud psicológica, aún es posible ayudar a quien lo necesite, manteniendo el vínculo, aportando a su autoestima y abriendo la puerta cuando llegue el momento de acariciar su libertad.

 

 

 

Escuche a la Dra. Ana Nogales de lunes a viernes de 10 de la mañana hasta el mediodía, en la 6.90 am

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