Las vacunas y la resistencia de algunos padres a vacunar a sus hijos- Dr. Gedissman

Ya de pleno en el invierno del hemisferio norte y, como año tras año, la epidemia de influenza comenzó a hacer estragos nuevamente. Las muertes son causadas por riesgos como la edad muy avanzada o muy temprana y las enfermedades preexistentes. Agregamos ahora la obesidad como un nuevo factor de riesgo. La gripe H1N1 ha provocado la muerte al menos a 13.554 personas en el mundo desde su aparición en México en marzo de 2009, según el último informe de la Organización Mundial de la Salud.

Vacunando a la población y en particular a los niños se disminuye el impacto de esta y otras enfermedades. Se han erradicado la viruela y la polio, se han prevenido millones de muertes infantiles. Sin embargo no ha sido posible beneficiarnos completamente por este desarrollo debido a que algunas personas son reticentes de aceptar esta forma de medicina por razones que describiré más adelante en este artículo.

Las vacunas han sido una de las herramientas más efectivas en controlar epidemias en el siglo XX pero enfrentamos un reto muy grande que si bien no es nuevo, continúa en el siglo XXI debido a la poca o incorrecta información de muchos padres que se niegan a vacunar a sus hijos; aún en nuestro país donde el acceso a estos servicios es más disponible que en cualquier otra parte del mundo.

La población más vulnerable a enfermedades infecciosas son los niños. Nunca en la historia de la humanidad la ciencia pudo ayudar a salvar tantas vidas y prolongar el bienestar de muchos más.

A principios del siglo XX los niños sucumbían a enfermedades como el sarampión, la poliomielitis o parálisis infantil, la tos ferina, el tétano, la meningitis, infecciones de la piel y muchas otras que aunque no quitaban la vida, dejaban secuelas serias como ser parálisis o serias lesiones del cerebro arrestando el desarrollo y limitando la calidad de vida. Yo cuidé pacientes en pulmotores debido a su incapacidad de respirar por la parálisis que le causó la polio, fui testigo de niños perdiendo sus vidas por el “croup” o la meningitis. El dolor y la frustración vivida no se puede expresar en palabras.

No existe excusa válida en negarle a alguien la inmunización contra estas enfermedades fatales que se pueden prevenir con una simple inyección que causa muy poca y corta reacción. Los padres jóvenes de hoy no han tenido oportunidad de ser testigos de estas enfermedades.

En los últimos cincuenta años de unas pocas vacunas hemos avanzado a casi 20 nuevas, más efectivas, sintéticas y con muchos menos efectos secundarios. A pesar de este éxito los médicos y autoridades de la salud enfrentan un desafío muy importante tratando de superar los temores infundados de muchos padres acerca de la seguridad de las vacunas. La confianza de cierto público ha sido erosionada por el mismo suceso al que las vacunas contribuyeron a eliminar la incidencia de estas serias enfermedades y sus secuelas. Ninguna de estas razones crea un impacto más grande que la negación de estos padres de vacunar a sus hijos.

La mayoría  de los padres comprenden los beneficios de las inmunizaciones y están de acuerdo con las recomendaciones existentes, pero son muchos los que no tienen los conceptos claros y se oponen a las inmunizaciones.

Para poder vacunar efectivamente a una población hay que tomar precauciones con la fabricación, transporte y almacenamiento efectivo de las vacunas. Sin embargo la integridad de la vacuna no es la razón más importante que los padres dan cuando rechazan la vacunación de sus hijos.

Estos padres no tienen la suficiente información o habilidad de poder juzgar la credibilidad de las fuentes de información acerca de las vacunas. En los últimos años una asociación entre el timerosal (agente mercúrico para proteger la eficacia de las vacunas) y el autismo creo una corriente contra la vacunación que no tenía sentido científico.

Cuando se comparan los padres que vacunan a sus hijos con los que las rechazan, estos suelen ser de edad más madura, disponen de una educación más elevada, tienen mejores ingresos y similar etnia.

En un mundo inundado por los medios de difusión la integridad periodística es a veces deficiente y se enfrenta a la evidencia científica creando confusión en la población que carece de medios para balancear este torrente de información. La controversia se genera y es en detrimento de la salud y los mejores intereses de nuestros hijos al negársele la vacunación que prevendrá futura infecciones. A ello se agrega que algunas celebridades por razones muy personales y no basadas en ciencia endorsan esta política negativa e influyen en la opinión de muchos otras personas que sólo responden a su interés personal.

Las autoridades reguladoras de la salud utilizan toda la información disponible y juzgan en forma imparcial los beneficios y los perjuicios que podrían causar las vacunas. Estos agentes toman decisiones que benefician la salud de toda la población.

Si bien en una sociedad abierta y democrática gozamos de derechos individuales, libertad de religión o aun expresar libremente nuestras ideas o emociones, nadie tiene el derecho a través de sus convicciones, basadas en opiniones y no en ciencia, a poner a riesgo la salud de otros negándose a la vacunación de sus hijos o en otros casos la de ellos mismos.

En muchas comunidades en Europa hubo brotes de sarampión, una enfermedad que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva una década anunciando que será erradicada pero que ha tenido que desistir siempre de ello mientras los brotes se suceden con cierta frecuencia, prácticamente en todos los países desarrollados incluído los Estados Unidos. La facilidad de viajar de un continente a otro aumenta el riesgo de estas epidemias.

El investigador principal de un estudio controversial en 1998 atribuyó el autismo a la vacunación triple contra el sarampión, la rubeola y las paperas (MMR). Andrew Wakefield, en Inglaterra, usó investigación fraudulenta y dinero procedente de los resultados de un juicio contra los fabricantes de vacunas para arribar a sus conclusiones erróneas. Recientemente perdió sus credenciales y su reputación cuando esto se pudo probar, pero lamentablemente dejó detrás una fuente muy grande de información falsa que sigue todavía disponible para aquellos que siempre, por razones muy personales, necesitan estar al margen de la ciencia tradicional o les gusta inspirar controversia.

¿Qué podemos hacer ante todo esto?

La obligación de los médicos es conseguir el consentimiento de los padres para vacunar y trabajar en forma respetuosa con la familia. Estos profesionales no deberían rechazar a las familias que se niegan a vacunar, sino continuar dialogando con ellas. Mostrando respeto por las preocupaciones de los padres es la mejor forma de derribar las barreras y la falta de información que poseen. Estos padres necesitan disponer de comprensión y evidencia de lo que es valioso para sus hijos al tener una fuente de información científica sólida y creíble.

Este es el principio central y fundamental para la protección de los niños. Los pediatras aprendemos esto muy temprano en nuestra educación y en la práctica de la profesión.

Las autoridades de la salud necesitan regañar la confianza del público acerca de las vacunas. Deben iniciar y continuar una conversación a nivel nacional al igual que los políticos cuando enfrentan una crisis. Los riesgos de las vacunas, minúsculos en comparación, deben ser presentados cuando se habla de los beneficios que son mayores y mucho más importantes. No debemos darle el podio a las minorías que están contra la vacunación cuando el esfuerzo educativo debe ser dirigido a las mayorías que están a favor.

Por último, los medios de difusión en su celo por promover noticias de interés y llenar espacios de tiempo, deben comenzar a pensar en el bienestar y la salud de la mayoría y no en los intereses de unos pocos. Tienen la responsabilidad de informarse bien y apoyar su difusión con ciencia y no con opiniones legas.

Si llegaron hasta este punto les agradezco el interés prestado y les propongo promover la vacunación para asegurar el futuro saludable y promisorio de nuestros niños, sus familias presentes y futuras.

El Dr. Alberto Gedissman es un pediatra, Director del Programa de Obesidad Pediátrica y Adolescente para  AltaMed Health Services, Center en la ciudad de Santa Ana, CA. Este es un Centro dedicado a la intervención completa para el control de la obesidad y el sobrepeso en los niños, adolescentes y sus familias.

Visite:  www.leankids.net, www.paratodos.com, www.aap.org, www.altamed.org

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